martes, 13 de enero de 2015

La Casa



Aquella mañana abandoné el edificio con la seguridad de no regresar nunca más, cometí errores premeditados con el fin de lograr mi despido. Llevaba trece años en aquel trabajo aunque para mi parecía el doble o incluso más.

Aquella mañana decidí no tomar locomoción,  caminé lento y según recuerdo la brisa estaba helada pero agradable, recordé los clichés que escuché por parte de mis colegas y varias personas de mi familia meses atrás al enterarse de lo de Lucía, “Cuánto lo siento amigo” “Lamento mucho lo que sucedió” “¿Estás bien si?” “Sabes que cuentas conmigo” los clichés hacen que se esconda la verdad, no hay forma, la gente los repite hasta el cansancio porque funcionan, así como la rutina, y así como la rutina hay palabras que parecen perder el peso tras repetirse demasiado, aunque se sientan.

Aquella mañana esperé deambulando treinta minutos hasta que sean las diez en un supermercado y compré dos botellas; una de fernet –para Lucía- y otra de coñac –para mí-, no compré nada más, pagué y continué el camino en silencio, sin audífonos, sin canciones ni programas radiales, a veces cansa hasta la canción más dulce que hayas escuchado pero la guardas igual, y si de uno dependiera, para siempre.

Aquella mañana miré personas, vehículos, perros, arboles, calles, basura ¿y saben qué? No estaba tan mal. El camino que había recorrido por años quiso mostrarme las nuevas cosas viejas que tal vez otro yo ya había visto.

Aquella mañana nuestra casa estaba helada, era más bien pequeña, por lo que siempre postergaba el fuego pensando que de hacerlo en unos segundos sería un horno, pero cuando Lucía estaba por llegar el fuego siempre estuvo en marcha. Ahora aquel fuego ya no consumía leños para ella, me consumía a mí.

Miré por un momento la loza sucia que se amontonaba en la concina y pensé en cómo me habría regañado Lucía, más aún cuando acababa de darle dos sorbos a la botella de coñac, no había ordenado mis zapatos debajo de la escalera al entrar y mi bolso no colgaba del gancho para abrigos sino que reposaba sobre la mesa de raulí que tanto nos gustaba. 
La verdad es que pese a que sentía el peso de cada mueble, clavo, viga, madero y tablón de aquella casa me gustaba estar allí.                                                                                          

Aquella mañana por fin dejé el trabajo que había conseguido para que junto a Lucía no nos falte nada y así fue, nos entregó muebles, regalos, un televisor, un equipo musical –pues claro, a ella le gustaba cocinar escuchando nuestros cds- y varias cosas que ahora como yo extrañaban su presencia, nos dio cobijo para reír, hacer el amor, discutir, nos dio un lugar al cual abandonar y también regresar.

Aquella mañana tras beber media botella de coñac decidí salir y quitar de la casa el letrero de “se vende” y quedarme, quedarme para siempre y oler hasta la última partícula de su aroma y recostarme para siempre en nuestra cama, pues solo es allí donde llego a sentir su mano pequeña acariciando a la mía al dormir. Para siempre y por siempre.

Freddy Andrés Pérez.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Te extraño tanto, Freddy. Quisiera volver a verte ahora mismo. He releído tus textos, tantos recuerdos amigo mío, espero sepas que pasé por aquí y que te echaré de menos por siempre.

Besos y abrazos, espero el día para volver a verte.