viernes, 12 de agosto de 2011

Hasta el sol.

A pesar del frio que sentía en mis manos aquella mañana en la que caminaba de regreso a casa, sostenía en ellas la naranja que me obsequió el señor Higueras, no me gusta la fruta, pero no podía reusarme a aquel regalo, mucho menos podía arrojar la fruta por ahí o dejarla olvidada en el despacho, me habría sentido horriblemente mal. Eso es lo extraño, simplemente no puedo, como si millares de ojos observaran mi acción, o peor aún, como si la mismisima naranja observara mi acción, o peor aun, mis propios ojos.


La temperatura desiende y debe estar uno o dos grados bajo cero, el sol acaba de salir, deben ser las siete u ocho de la madrugada. El sol acaba de salir como bien lo mencioné, pero el haberme ahorrado aquella mención no habria significado mucho, puesto que el sol sale, pero solo como una pintura sin sentido, como la abstraccion tan subjetivamente apreciada-despreciada, sin el sentido principal; el de provocar, o en este caso el de sentir al menos alguno de sus miles de grados celcius. Hasta el sol se ha vuelto hipócrita.

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